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Artículo 29 Junio 2009
Domingo, 28 de Junio de 2009 19:30

Autor: Franco Della Prugna
Fundación Centro de Investigaciones de Astronomía (CIDA)

Contaminación lumínica

En nuestras ciudades estamos perdiendo las estrellas de la noche

Los que vivimos en las ciudades grandes y medianas de Venezuela  de manera lenta y segura estamos perdiendo una de las cosas más preciosas que nos ha dado la naturaleza: las estrellas de la noche. La contaminación lumínica es la culpable. Ésta es producida por los sistemas de iluminación artificial destinados al alumbrado de las calles, los edificios, monumentos y avisos publicitarios, por citar algunos. Debido al diseño de las lámparas convencionales, más del treinta por ciento del flujo luminoso emitido por las mismas llega directamente al cielo. Esta luz es desperdiciada y, además de contaminar el cielo nocturno, representa un gasto energético y económico injustificado.
 
Luces de la ciudad de Caracas iluminan el cielo nocturno opacando las estrellas. El uso de luminarias inapropiadas en el alumbrado público y la contaminación del aire son los principales responsables de la contaminación lumínica.
 
 El efecto más evidente producido por la contaminación lumínica es la iluminación artificial del cielo nocturno. En los centros poblados y ciudades, donde por obvias razones se utilizan grandes cantidades de luminarias, el cielo se torna muy luminoso. En estas condiciones, sólo son visibles las estrellas más brillantes, algunos planetas y la Luna, habiéndose destruido la majestuosidad del cielo natural. De esta manera, la Vía Láctea y estrellas débiles desaparecen inexorablemente, diluidas en un cielo artificialmente iluminado.

Existen razones culturales, ambientales, sociales y económicas para preservar el cielo nocturno. Todas ellas claman por la conservación de las condiciones naturales de oscuridad del cielo y por un uso racional de los sistemas de iluminación artificial. La contemplación e influencia del cielo nocturno es evidente en todas las culturas. De la astrología a la física moderna, pasando por las artes y la religión, todas las interpretaciones sobre el origen y evolución del universo han sido posibles gracias a la observación y al estudio del cielo, incluyendo el mismo origen del hombre, de la vida sobre la Tierra y de las posibles civilizaciones alienígenas en otros planetas. Es muy probable que incluso nuestra supervivencia dependa de la observación del cielo, pues hoy sabemos, por ejemplo, que los dinosaurios se extinguieron a causa del impacto de un meteorito contra nuestro planeta.

Los grandes centros urbanos y las explotaciones de petróleo y gas de Venezuela iluminan nuestro cielo y opacan las estrellas.
 
También es importante recalcar que la mayoría de los ciclos biológicos están regulados por la alternancia del día y la noche. De manera que, tanto para los seres humanos como para los animales, la noche es natural e indispensable. Por otro lado, no hay forma de justificar el desperdicio energético y económico que representa un sistema ineficiente de iluminación pública, ya que todos los ciudadanos pagamos la electricidad necesaria para su funcionamiento.

Los astrónomos se cuentan entre los primeros defensores de las condiciones naturales del cielo. Si bien esto es fácilmente comprensible, en ocasiones se ha malinterpretado la posición de estos científicos como muy radical, a tal punto que la mayoría de las personas piensan erróneamente que los astrónomos quieren dejar a las ciudades en la oscuridad total, para poder así realizar sus delicadas observaciones.

Un primer paso en la reducción del grado de contaminación lumínica consiste en evitar que la luz llegue directamente al cielo. Para ello es indispensable colocar viseras adecuadas en el cabezal que sostiene la fuente de luz para que ésta se refleje hacia el suelo, obteniéndose, al mismo tiempo, una mayor iluminación y la eliminación del desperdicio contaminante de luz hacia el cielo. También es importante seleccionar el tipo y la potencia de la lámpara de acuerdo al objeto a iluminar. Los edificios, monumentos y señales de tránsito que necesariamente requieren ser visibles en las horas nocturnas deberían ser iluminados desde arriba hacia abajo.

En el fondo, estas sencillas medidas son ya capaces de contener los efectos perjudiciales de la contaminación lumínica a pequeña y gran escala, ahorrando, simultáneamente, una gran cantidad de energía y dinero. Además, nos devolverán algo que no tiene precio: ¡las estrellas de la noche!

Desde ahora nuestra consigna debe ser: ¡iluminemos el suelo, no el cielo!

 

Artículo (PDF 314Kb)

Edición Digital Pico Bolívar (Pág 27)


 
 
 
 
 
 

 

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